Las anécdotas mas curiosas me han pasado viajando sola. Estoy en Bali sola y decido ir a bucear a una islita al sureste de Bali. Hay lanchas rápidas que te llevan (fuera bordas con dos motores de 200 caballos cada uno, vamos, como los traficantes) pero no hay un atraque con pasarela para no mojarte, no, aquí tienes que meterte en el agua para subirte a la lancha, el problema era que yo cargaba con dos maletas que no quería arrastrar por la arena ni que se me mojasen. Ese tema lo pude arreglar, tengo que reconocer que cuando ven a una mujer viajar sola, la gente te ayuda mas.
Después de una hora yendo a toda pastilla llego a Nusa Lembongan, pero otro tanto de lo mismo, te dejan en la playa y tienes que bajarte en el agua y el mismo proceso, saltas al agua llevando la maleta pequeña y la grande te la bajan. En la misma playa, con las chanclas en la mano, la mochila y las maletas, una persona me pregunta a que hotel voy y si quiero que me lleva, ofrecimiento que acepto. Le sigo pero se sube a una moto, pone la maleta grande entre sus piernas y me hace un gesto para que me suba, me lo pienso un segundo y me subo, apoyo la maleta pequeña en mi muslo y la sujeto bien. La carretera aunque asfaltada pero penosa y estrecha como suele ocurrir aquí. El trayecto se me hace interminable, subiendo y bajando cuestas, por una calluja, por otra. Iba maldiciendo toda la ropa que todavía no me había puesto y la ropa de abrigo de traía de Papua y eso que decidí regalar allí la cacho mochila, el saco con esterilla y las botas. El paisaje se hacia cada vez mas despoblado como yendo al fin del mundo y yo ya pensando de todo. Cuando se mete en un camino sin asfaltar, pedregoso, yo miraba a mi alrededor y todo parecía abandonado, me doy cuenta que no había avisado a nadie de donde iba ni a que hotel y si desaparecía, nadie sabría donde buscarme. Recordaba la frase de mi madre “tan madura para unas cosas y tan inconsciente para otras”.
Por fin llegamos a la entrada de lo que supuestamente era el hotel, después de los hoteles en los que he estado en Papua, nada me asusta. Entro y veo cabañas a los lados de un camino serpenteante y frondoso buscando algo parecido a una recepción, la encuentro, me enseñan mi cabaña mirando al mar en una cala preciosa y vuelvo a respirar profundamente.
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